Como en el cuento de Cortázar, los contadores fuimos retrocediendo dentro de nuestra propia profesión. La burocracia, las urgencias y las responsabilidades ajenas ocuparon cada vez más espacio. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a seguir cediendo.
En “Casa tomada”, Julio Cortázar cuenta la historia de dos hermanos que viven en una antigua casa familiar, una presencia indefinida comienza a ocuparla de manera progresiva. Primero, la presencia ocupa una parte de la casa, después, otra.parte, después otra. Los protagonistas cierran puertas, reducen su espacio y continúan con su rutina hasta que, finalmente, deben abandonar la casa.
Nunca sabemos quién la toma y tampoco sabemos exactamente por qué los hermanos no intentan recuperar los ambientes perdidos. Simplemente retroceden.
Pero hay varios elementos que atraviesan el cuento y que ayudan a entender esa pasividad, el miedo a lo desconocido, el peso del pasado, el aislamiento y la rutina como refugio.
Irene, una de las protagonistas, se aferra a lo que conoce. Teje, ordena y repite los mismos gestos, la rutina parece no tener otro propósito que sostener lo conocido. No hay un propósito claro más allá de sostener lo que siempre hizo.
La rutina funciona como una forma de no mirar lo que está ocurriendo. Permanecer en lo mecánico permite evitar el conflicto, quedarse en lo seguro, no enfrentar aquello que avanza.
También hay algo más profundo, la casa no es solo un lugar físico. Es historia, es herencia, es identidad y abandonarla implica romper con el pasado, eso también paraliza.
A eso se suma el aislamiento, los hermanos viven encerrados en su propio mundo, sin interacción real con el exterior. No hay contraste, no hay otras miradas, no hay impulso para reaccionar.
Algo parecido parece estar ocurriendo con la profesión contable.
No hubo un momento preciso en el que todo cambiara, no existe un único responsable ni una sola causa. Sin embargo, los contadores fuimos perdiendo espacios de manera gradual, primero el tiempo, después la autonomía, luego el valor del asesoramiento y, en muchos casos, hasta la propia identidad profesional.
La profesión no fue tomada de golpe. Fue perdiendo habitaciones.
La primera habitación: el tiempo
El tiempo es probablemente el primer espacio que quedó ocupado por vencimientos, presentaciones, intimaciones, errores de sistemas, requerimientos, actualizaciones normativas, liquidaciones, certificados, claves y trámites conforman buena parte de la jornada cotidiana.
El problema no es solamente la cantidad de tareas, también importa su naturaleza. Cada vez se destina más tiempo a resolver problemas operativos y menos a estudiar, analizar, planificar o asesorar.
Cuando todo es urgente, pensar se convierte en un lujo.
La rutina termina imponiendo su propia lógica. Hay que cumplir, presentar y corregir, luego vendrá el momento de revisar procesos, mejorar el servicio o analizar la situación del cliente. Pero ese momento casi nunca llega, porque siempre aparece un nuevo vencimiento.
Y ahí aparece el riesgo, la rutina deja de ser una herramienta de organización y se convierte en un refugio. Se hace por hacer, se repite lo conocido porque es lo único que parece manejable en medio de la presión.
Pero también hay miedo, miedo a salir de ese esquema, a cambiar la forma de trabajar, a dejar de hacer lo que “siempre se hizo”. Lo conocido, aunque sea ineficiente o desgastante, resulta más seguro que lo incierto.
Como en el cuento de Cortázar, nos adaptamos al espacio que queda.
La segunda habitación: la autonomía profesional
Otra parte de la profesión fue ocupada por sistemas, plataformas y procedimientos que muchas veces condicionan la forma de trabajar.
El profesional ya no solo debe conocer las normas. También debe comprender aplicativos, servicios web, validaciones automáticas, incompatibilidades, errores informáticos y criterios que no siempre están claramente expresados.
Una obligación puede estar correctamente interpretada desde el punto de vista técnico y, sin embargo, resultar imposible de cumplir porque el sistema no funciona, rechaza la información o exige una condición no prevista.
Ese desplazamiento no es menor, la herramienta comienza a condicionar el contenido del trabajo.
Y, nuevamente, aparece el mismo patrón: en lugar de cuestionar o buscar alternativas, muchas veces se acepta la limitación como algo inevitable. Se sigue trabajando dentro de ese marco, aunque reduzca el rol profesional.
La tercera habitación: el vínculo con el cliente
También cambió la relación con quienes contratan servicios profesionales. La comunicación inmediata mejoró muchas cosas, pero también instaló la expectativa de disponibilidad permanente. Consultas por WhatsApp, audios, mensajes fuera de horario y pedidos “para hoy” forman parte de una dinámica cada vez más habitual.
El asesoramiento se fragmenta en respuestas breves y urgentes. Muchas veces, detrás de una pregunta aparentemente sencilla, existe una tarea compleja, revisar normativa, antecedentes, documentación y posibles consecuencias. Sin embargo, para el cliente puede parecer solo un mensaje respondido en pocos minutos.
El trabajo intelectual se vuelve invisible. Cuanto mejor y más rápido responde el profesional, mayor es el riesgo de que se subestime el conocimiento necesario para hacerlo.
La inmediatez puede terminar ocultando el valor.
Y el aislamiento también juega su papel, muchos profesionales trabajan solos o en estructuras pequeñas, sin espacios de intercambio, sin discusión técnica, sin contraste de ideas. Eso refuerza la lógica de resolver todo en soledad, responder rápido y seguir.
La cuarta habitación: los honorarios
La profesión contable exige formación permanente, responsabilidad, actualización y criterio. Sin embargo, esa complejidad no siempre se refleja en los honorarios.
En muchos casos, el precio se discute como si el trabajo consistiera únicamente en cargar datos o presionar un botón.
Esa idea confunde herramienta con conocimiento.
Una calculadora puede hacer una operación, pero no determina qué cálculo corresponde. Un sistema puede generar una declaración, pero no interpreta la situación del contribuyente. Una plataforma puede procesar información, pero no asume la responsabilidad profesional sobre el resultado.
El verdadero valor no está en ejecutar mecánicamente una tarea, sino en saber qué hacer, cómo hacerlo y cuáles son sus consecuencias.
Cuando ese valor no se comunica, la profesión pierde otra habitación.
El contador como auxiliar gratuito
A lo largo de los años, distintas tareas de información, control y fiscalización fueron trasladadas hacia contribuyentes y profesionales.
El contador debe recopilar datos, validar operaciones, informar inconsistencias, responder requerimientos y asistir en el cumplimiento de obligaciones creadas por organismos públicos.
Muchas de estas funciones generan costos que no son asumidos por el Estado. El tiempo, el personal, la capacitación y la tecnología necesarios quedan a cargo de los estudios o de los clientes.
El profesional se transforma así en un auxiliar indispensable del sistema, pero no siempre reconocido como tal.
Se le exige precisión, actualización y cumplimiento, incluso cuando las normas cambian con poco tiempo, las plataformas presentan fallas o las instrucciones son ambiguas.
La responsabilidad se delega. El costo también.
Y, otra vez, se sigue haciendo. Porque siempre se hizo. Porque es lo que hay que hacer. Porque cambiar implicaría cuestionar un esquema que lleva años funcionando de la misma manera.
La inteligencia artificial entra en la casa
La inteligencia artificial aparece como una nueva amenaza para algunos profesionales.
Se afirma que reemplazará tareas, reducirá puestos de trabajo y modificará la forma de ejercer. Parte de esa preocupación es razonable. Muchas funciones repetitivas podrán automatizarse y algunos servicios cambiarán de manera profunda.
La tecnología no necesariamente toma la profesión, también puede ayudar a recuperarla.
Puede ordenar información, automatizar tareas administrativas, asistir en la redacción, detectar inconsistencias y reducir tiempos operativos. En lugar de expulsar al contador, podría permitirle volver a ocupar espacios que había perdido.
El riesgo aparece cuando la profesión se define exclusivamente por actividades que una máquina puede ejecutar.
Si el trabajo del contador se limita a cargar comprobantes, completar formularios, trasladar datos y repetir procedimientos, la automatización no ocupa un espacio protegido: ocupa un espacio que ya había sido vaciado de contenido profesional.
Y ahí vuelve el miedo a lo desconocido, la reacción no siempre es adaptarse, sino resistirse o paralizarse. Aferrarse a lo que se conoce, incluso si ese modelo ya está en retroceso.
La tecnología obliga a formular una pregunta incómoda ¿cuál es el verdadero valor que aportamos?
Una profesión cedida desde adentro
En “Casa tomada”, los protagonistas no investigan qué sucede, no intentan defender la casa y no piden ayuda. Cierran una puerta y siguen viviendo en menos espacio.
Esa pasividad es uno de los aspectos más perturbadores del cuento. Pero también lo es la forma en que se refugian en lo conocido. Irene sigue tejiendo. La rutina continúa incluso cuando la casa se reduce, no hay una ruptura, no hay una reacción, sólo hay repetición.
Y hay pasado, la casa representa una historia que pesa, que condiciona, que dificulta tomar decisiones distintas.
El problema es que, mientras retrocedemos, también encontramos argumentos para justificar cada espacio que cedemos:
“Siempre fue así”, “El cliente no va a pagar más”, “Hay que hacerlo porque lo pide el sistema”, “No tengo tiempo para asesorar”, “Esto debería resolverlo el Consejo” o “La tecnología nos va a reemplazar”.
Cada una de esas frases puede ser compresibles y parecen explicar lo que ocurre, pero que también nos ayudan a aceptar la pérdida de terreno sin discutirla.
La profesión puede ser tomada por la burocracia, la urgencia, los sistemas, la tecnología y la desvalorización. Pero también puede ser cedida por quienes la ejercen.
Nos fueron ocupando la profesión, pero también fuimos cerrando puertas… y, muchas veces, seguimos trabajando como si nada cambiara.
Recuperar el espacio profesional
La salida no consiste en rechazar la tecnología ni en intentar conservar todas las tareas tradicionales. Tampoco se trata de idealizar una profesión del pasado.
Recuperar espacio implica redefinir el trabajo contable alrededor de aquello que no puede reducirse a un procedimiento automático, el criterio, la interpretación, la confianza, la ética, la planificación, el conocimiento del cliente y el acompañamiento en la toma de decisiones.
Para ello, es necesario revisar procesos, automatizar tareas repetitivas, establecer límites, mejorar la comunicación de honorarios y dedicar tiempo a servicios de mayor valor agregado.
Pero también implica salir de la inercia y dejar de hacer por hacer. Cuestionar la rutina cuando deja de ser útil y se convierte en una forma de evitar decisiones más profundas.
Implica, además, abrirse, salir del aislamiento profesional, compartir, discutir, contrastar ideas. Y también animarse a soltar ciertas prácticas heredadas que ya no aportan valor, aunque formen parte de la historia de la profesión.
No se trata de defender cada habitación por nostalgia. Algunas deben transformarse y otras ya no tienen sentido. La cuestión es decidir qué espacios resultan esenciales y cuáles no deberíamos seguir abandonando.
Todavía no hay que tirar la llave
Al final de Casa tomada, los hermanos salen a la calle y arrojan la llave a una alcantarilla y ya no habrá regreso.
Pero la profesión contable todavía no llegó a ese punto. A diferencia de los protagonistas del cuento, nosotros todavía podemos preguntarnos qué estamos cediendo y decidir qué espacios queremos recuperar.
No se trata de defender cada habitación por nostalgia, algunas tareas deben transformarse y otras quizá ya no tengan sentido. Se trata de impedir que la burocracia, la urgencia y los sistemas terminen ocupando toda la casa.
Tal vez la profesión contable no haya sido tomada definitivamente, tal vez todavía estemos a tiempo de dejar de retroceder y volver a ocupar el lugar que nos corresponde.
Todavía no es momento de tirar la llave, porque la casa sigue siendo nuestra.









